Revista Trauma

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Revista Trauma

Esta revista pretende abrir un espacio donde publicar los interrogantes que surgen en la praxis del psicoanalista. La experiencia de un psicoanálisis concierne a la relación del sujeto con un deseo inconsciente, su práctica es discursiva y consiste en el tratamiento de su materialidad literal. La cura analítica se efectúa bajo transferencia, la cual a su vez depende del analista. El compromiso respecto a la verdad concierne tanto al analista como al analizante. Del lado del analista, se trata de sostener una clínica que apunte a lo real del síntoma, es decir al goce implicado en el mismo; del lado del analizante, de hacerse responsable de su acto. Los resultados de esta experiencia han ido forjando diversas articulaciones teóricas, que la clínica permite interrogar de manera constante. Esa es la vocación de esta nueva publicación, que también pretende ser un lugar articulador entre la singularidad y las posiciones discursivas del sujeto en el lazo social, haciendo especial hincapié en los efectos del discurso capitalista y de la ideología cientifista en la subjetividad contemporánea.

 

 

 

 

Trauma
Estudios de Clínica Psicoanalítica

 

 

 

 

Próximamente publicación de Trauma Nº 9:

Avatares del nombre en la clínica psicoanalítica

 

 

Presentación

¿Por qué nos interesa la cuestión del nombre, cuyos avatares se presentan en la clínica y nos interrogan? Esta pregunta es una guía para una introducción al tema. Quiero mencionar aquí el libro de G. Pommier, “Le nom propre. Fonctions logiques et inconscientes” (El nombre propio. Funciones lógicas e inconscientes), que también ha sido una guía para mí.

El nombre que portamos incluye el nombre de pila, nombre propio y particular dado por los padres, y el apellido, nombre de familia transmitido del lado del padre y del lado de la madre. 

El nombre de pila, dado y elegido por los padres es un primer don, un acto de amor y de reconocimiento subjetivo, clave para este inaugural nombre que nos particulariza. Así para cada niño este es su nombre propio antes que el apellido, y simboliza el intercambio entre él y sus padres, entendiendo el intercambio como movimiento de unión y separación. El apellido o patronímico deriva del padre e indica la filiación, es testimonio del deseo del padre de transmitirlo. Tomar el nombre del padre equivale a tomar el lugar del padre al llevar el mismo apellido, es una identificación al padre que apunta al fantasma parricida, procedente del fantasma de seducción, el padre seductor es la figura del traumatismo sexual fundamento de la subjetividad.  El patronímico es símbolo del padre muerto, y de las contradicciones propias de la ambivalencia respecto a la figura paterna, del lado del odio el parricidio simbólico, del lado del amor la culpabilidad y la deuda a pagar. El nombre nos identifica en cuanto al género y a la filiación, sobre él se apoya la prohibición del incesto y la separación de la endogamia y exogamia.

Ser nombrado tiene implicaciones fundamentales para que el niño pueda hablar, es necesario ese acto primero de reconocimiento subjetivo, hablarle en su misma lengua y llamarle por su nombre, para que pueda tomar prestadas, en proporción al amor, las palabras recibidas de quien le ha dado el nombre y le nombra, hablará entonces en la misma lengua de quien le ha reconocido en su singularidad subjetiva. En este sentido tomar el nombre reprime lo pulsional y lo simboliza, el acto de palabra es performativo al ser llamado como un sujeto que se resiste a la objetivación, un sujeto acreditado como tal por la palabra. Cualquier vicisitud en dicha acreditación, bien sea en la donación del nombre o en tomarlo tendrá como efecto una inadecuación de las palabras a las cosas en proporción a la incertidumbre sobre el nombre. El sujeto debe tomar el nombre para nombrar las cosas con solidez.

La función de subjetivación del nombre es importante pues el sujeto identificado con  su nombre no solo reprime la pulsión, sino que también subjetiva el goce pulsional con la inversión de pasivo a activo, de ser gozado a gozar, esto hace posible una erotización del cuerpo tolerable, pudiendo entonces gozar del propio cuerpo.

En cuanto al carácter exógamo del nombre propio, sin lazo consanguíneo con los padres y hermanos, interesa nombrar su función de identificación con el otro, el semejante, se trata de una identificación con el síntoma del alter ego, que es uno mismo. Esta identificación tiene lugar una vez se ha realizado la toma del nombre del padre, del patronímico, y está implicada en la pertenencia a la comunidad, a la construcción de ficciones colectivas, a la cultura que fundamenta una identidad sujeta a ciertas constantes en relación al goce y sus prohibiciones.

El síntoma tiene una función identificatoria, algo que se puede ver en el sobrenombre o apodo primero del sujeto, “llorón”, “gritón”, etc. Son rasgos identificatorios de su resistencia al deseo del Otro, e indicadores de su existencia. En cuanto el sujeto toma el nombre de pila, los síntomas se alejan al fondo de la escena. Esta función identificatoria del síntoma procura la identidad a sí mismo, el reconocimiento de sí mismo, de lo que se ha sido o se habría querido ser. Esta identificación habla también de los traumatismos pasados que revienen al ser llamados por un acontecimiento del presente.

Es frecuente identificarse con un rasgo sintomático de la persona amada en el momento de la separación, es lo que queda del amor imposible, es decir, uno sufre como aquella persona a quien se ama.  

Para finalizar, señalar brevemente que cuando el pseudónimo sustituye el nombre del padre como firma de la autoría de las obras o actos, puede deberse a que el nombre del padre no haya sido transmitido, en el caso de las psicosis, al servir como suplencia del nombre del padre forcluído, cumple con la función de estabilizar el lugar del sujeto. 

Rosa Navarro Fernández
Médico – Psicoanalista
Miembro de la Fundación Europea para el Psicoanálisis

 

Contenido Trauma Nro. 9

Presentación, Rosa Navarro Fendández
Avatares del nombre en la clínica psicoanalítica

Nominaciones y sus neoplasias, Silvia Amigo
Función del nombre en la infancia, Gisela Avolio
Quién es mi padre, Graziella Baravalle
Antonin Artaud, James Joyce.  El nombre propio, Néstor Braunstein
Freud olvida un nombre, Luigi Burzotta
Mario, sobre una paranoia, Natatxa Carreras
No me llames por mi nombre. En torno al asco por el propio nombre, Laura Chacón
La función de la nominación en la clínica psicoanalítica, Marcelo Edwards
Suplencias en la clínica de las psicosis, Jean-Marie Fossey
Caída de la función paterna, Alfonso Gómez Prieto
Más allá de un nombre y una lengua, Laura Kait
En busca del nombre propio, Horacio Manfredi
Nombre de pila, apellido seudónimo, Rosa Navarro Fernández
Rosalía de Castro: sin el nombre del padre, Belén Rico García
Del analista-síntoma al analista-sinthoma en la clínica. Puntuaciones, Ilda Rodríguez
El sentimiento de la existencia propia, María Elena Sanmartino
Del nombre en el hablar o el decir en el dispositivo analítico, José Eduardo Tappan
Nombre, significante y palabras. Trayectoria en la operación analítica, Mario Trigo

Cuestiones cruciales

Dos anotaciones sobre el seminario “L’insu…” de Jacques Lacan, Graziella Baravalle
La lógica de la sexuación, Marcelo Edwards
Diagnóstico. El riesgo de etiquetar, Alejandro Pignato
Heterogeneidad orgánica del síntoma, Gérard Pommier
Los imaginarios de Jacques Lacan, Jean-Jacques Tyszler

Rincón de Lectura

Norberto Ferreyra, Transmitir la transmisión, reseña: Gisela Avolio
José E. Tappan, Introducción epistemológica al psicoanálisis, reseña: Carmen Franco
José E, Tappan, La psicopatología como construcción de la subjetividad, reseña: Daniela Verderi Muñuzurri